Vieja sirena

Vieja sirena

8 de junio de 2021 0 Por Juan Aguilar
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Todavía retenía algo de su antiguo atractivo, la vieja sirena luchaba ferozmente contra las huellas del tiempo que iban, inexorables, dejando su impronta. Notaba como avanzaba el olvido de lo que fue una piel tersa, dejando todo pendiente. El rostro iba necesitando cada vez más compostura.

Conservaba gran parte de su gracia, saber de seducción y aquella fama pasada que cada vez costaba más traer al recuerdo. Pasaba horas de tristeza y furia tratando de remozar una fachada que cada vez tenía menos sustento, pero lo que de verdad la rejuvenecía era el halago. Cuanto de más alabanzas era objeto más brillaba, ocultando, por momentos, la deriva de su apariencia.

Acostumbró a sus fieles a contestar preguntas sobre tal o cual actitud o pose, pretendiendo ingenuidad o interés, sabiendo que recibiría la buscada caricia del piropo. Mientras iba avanzando hacia lo irremediable, iba aumentando el atrevimiento del cuestionario. A sus seguidores no parecía molestar, todo lo contrario, aumentaban con el tiempo las lisonjas.

Llegó un momento en que se habituó a la rutina del afeite, incluso descubrió nuevas formas de conseguir disfrazar el deterioro. Adquirió una habilidad sutil y refinada en la manera de parecer concernida en las consultas, simulando desinterés personal en las réplicas, tan solo la preocupación por agradar a sus adeptos.

Creyendo que los tenía presos de la seducción la vieja sirena se permitía algunas licencias cada vez más arriesgadas, que bordeaban la imprudencia. Pero necesitaba más, la adrenalina de la coba ya no era suficiente, precisaba llegar a la adoración.

Las costuras del engaño reventaron el día que alguien se fijó más allá de sus palabras y vio a una persona cargada de tiempo que trataba de pasar por inmortal, dejando contoneando sus arreglos descascarillados.

La voz fue corriendo y con el tiempo fueron cayendo los velos a los otrora embobados, recuperando una realidad nada apetecida, habían conocido la felicidad y ahora la sentían escapar. Molestos con la pérdida fueron abandonando a su diosa. Su círculo se fue reduciendo, así como su capacidad de fascinar, y se fue apagando. Pero siempre quedaron algunos ciegos hasta su final.

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