Sábado de sol

Sábado de sol

19 febrero, 2019 0 Por Juan Aguilar
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Un jardín a la espera

Ha amanecido un día que invita a salir de la reclusión de paredes y techos, y hay que aprovecharlo.

Me disfrazo de jardinero, con un pantalón avergonzado de seguir vistiendo, un jersey que ha excedido su retiro, unos guantes con algún agujero, unas botas… bueno, estas no están mal. Aun así, salgo al jardín con el espíritu de un colono ante unas tierras por transformar.

Vuelvo a entrar, con algunas herramientas me irá mejor.

Llevo una lista de tareas, no vaya a ser que se me olvide algo, aunque lo de la lista es tan solo una guía, normalmente cuando empiezas algo, surgen otras posibles acciones inesperadas, cuando no complicaciones.

Quiero trasplantar algunas plantas, aprovechando que todavía hace frío por las noches, aunque muchas de ellas y varios árboles parecen que quieren adelantar la primavera. Por desgracia vendrá alguna helada para castigar la premura.

Las plantas son caprichosas, echan raíces sin ton ni son, no sabes hacia donde han decidido enraizar, y además ninguna piensa igual. Para sacar cada una se debe hacer un hoyo como el agujero de un obús, y luego casi todo es tierra, ya podrían indicar los límites de su crecimiento. Esto último me suena a otra cosa, vuelvo a lo que concierne.

Me he propuesto cambiar unas adelfas de sitio, no para despistarlas, sino para darles la oportunidad de prosperar, no parecen muy a gusto en su ubicación actual. Sí, he dicho adelfas, ya sé que son tóxicas, pero no es mi intención comérmelas, hacer infusión, un tónico capilar, ni nada por el estilo y son, por su rápido crecimiento y poco necesitadas de cuidados, buenas para hacer muro. Además ya estaban en el jardín y no pretendo acabar con ellas, me dan pena.

Si alguien no ha hecho esta operación, le diré que las adelfas acostumbran a lanzar raíces en todas las direcciones y en cantidades insólitas. No, esto no es un curso de jardinería, es tan solo para ponernos en situación.

Lo primero es hacer un círculo con la pala alrededor de lo que se supone que es el cepellón, que por muy grande que se haga, siempre se cortará alguna raíz, que se le va a hacer. Tener más cuidado, gritan al fondo, pues ven y hazlo tú.

Superando la intromisión del espontáneo, meto la pala, esta es cuadrada y de palo largo, y la empujo con un pie (en su bota, claro), la saco, voy desplazándome y cavando, hasta tener delimitado el agujero que creo necesario. Introduzco con más profundidad la pala para intentar llegar a la parte más baja de las raíces y hago palanca. Está duro, pero sigo forzando el mango hasta que un crujido me avisa que me he excedido. Saco la pala y veo, con aflicción, que ha pasado a mejor vida, o mejor dicho, al montón de la barbacoa. De momento adelfa 1, yo 0.

Por suerte tengo otra pala, esta es la de siempre, con la punta redondeada y afilada del uso. Tendré más cuidado, cuando haga palanca, pero esta adelfa se desprende. Aparto un poco la tierra con las manos. Los guantes de poco me han servido ¡los tengo llenos!

Una vez despejado un poco, vuelvo a meter la herramienta y esta vez con más cuidado fuerzo desde abajo hasta que noto como cede la planta. Paro he intento arrancarla a mano, iluso de mi, no solo ni se ha movido, sino que me he llevado un viaje en la cara con una de las ramas. El ánimo del principio se va transformando en desazón y cabreo.

De nuevo a escarbar con las manos y una palita de huerto, minando la resistencia del matojo. Más tierra en las manos. Las uñas ya tienen marco, bien oscuro. Me desprendo de la tierra de los guantes y emprendo una vez más la lucha. Imprimo fuerza con mi peso a la palanca y por fin se oye un chasquido, y esta vez no es el mango, que por un momento… Ya se mueve. Esta vez si que la termino de arrancar a mano.

Bien, se ha quedado un socabón, pues toca hacer uno del doble de grande donde irá definitivamente la planta, espero.

Una vez que empiezas a cavar no sabes lo que vas a encontrar: objetos raros, trozos de macetas, algún ladrillo, esas piedras que te obligan a escarbar más allá de lo que pretendías… ¡Si sigo así descubro algún asentamiento íbero!


Ahora toca desplazar el arbusto al nuevo lugar. Gracias a los tirones anteriores, he notado un punto en la espalda, que mejor no aumente. Voy a por una carretilla, puede ser exagerado pero no me apetece estar toda la semana doblado.

No podía ser de otra manera, el recorrido encima de ese artefacto no le ha hecho gracia y me lo ha dejado saber palmeándome la cara con sus ramas.

Ya está, dentro del agujero, ahora a tapar y presionar un poco la tierra. Añado agua para que no se sienta mal y al mismo tiempo asiente el terreno. Bueno, pues acabado. Vuelvo al lugar de origen, con la cara manchada y lleno de tierra, para tapar el agujero que ha quedado. Contemplo las otras cuatro adelfas que me quedan.

Hace un día precioso… espero que mañana también.