Olvidado

Olvidado

14 abril, 2020 0 Por Juan Aguilar
¡Haz clic para puntuar este artículo!
(Votos: 6 Promedio: 4.3)

Ya casi he olvidado qué hago aquí, en una remota estación de seguimiento de ballenas en el sudeste de Griffith, una isla deshabitada en medio de la corriente de Lancaster. A unas 16 millas naúticas de navegación de la población más cercana, Resolute Bay, un asentamiento inuit que no llega a los 200 habitantes, en la isla de Cornwallis, del territorio canadiense de Nunavut.

Llevo dos meses aquí observando el paso de las ballenas de Groenlandia, también conocidas como boreales, que parecen haber cambiado sus rutas migratorias atreviéndose a entrar en esta zona de menor salinidad. Probablemente huyendo del incremento de la navegación provocado por el deshielo del ártico. Son migraciones cortas, dependiendo de los hielos.

Últimamente se han avistado algunas familias provenientes del Pacífico, y aquí estoy para demostrarlo.

Soy biólogo marino, acostumbrado a la paciencia que requiere el observar, tanto en el fondo, como ahora, rodeado de prismáticos de distintas potencias, aparatos de seguimiento, cuadernos, un ordenador y un gran ventanal. También cuento con una estación de comunicación, que lleva semanas sin funcionar.

Fuera hay un tiempo endiablado, una ventisca que no ha parado en todo este tiempo. Imagino que es el motivo por el que no ha llegado la embarcación que me trae víveres, tal como está acordado, del pueblo de Resolute. Tampoco me he podido poner en contacto, pero tengo suficientes reservas, no me ha preocupado en ningún momento, no necesito visitas.

No es que rehuya el contacto con la gente, pero en estos momentos prefiero la soledad, y entregarme a la observación. Porque, aunque lo busco, no he olvidado el porqué de mi huida al fin del mundo: Gloria.

Durante años hemos compartido estudios, trabajos, ilusiones y cama. Y unos meses atrás, mientras nos quitábamos los trajes de neopreno, en aquel barco repleto de compañeros, me soltó un: «hasta aquí hemos llegado, no quiero seguir contigo, me asfixio». Al principio no pude pensar otro motivo que no fuera que la había molestado en la inmersión.

Ella se marchó hacia proa dejándome siendo el blanco de las miradas mal disimuladas de los demás. Repuesto del bochorno, y después de colocar mi equipo y el suyo, me dirigí hacia donde estaba, pero con un gesto seco me paró. Y prácticamente no volvió a hablarme, aunque lo intenté con persistencia, tan solo abrió la boca para decirme que en cuanto llegáramos recogería sus cosas y se marcharía.

No he llegado a entender su decisión, he intentado recordar en qué momento pude molestarla, pero no encuentro ninguno lo suficientemente importante como para tal reacción.

Estuve bastante mal, no acertaba a centrarme y me despedí del proyecto en el que estábamos, también hay que decir que le faltaba muy poco para terminar. Después de algunas semanas surgió esta opción y me embarqué sin pensármelo.

Tal vez la mayoría de la gente no pueda entender que es estar aislado, observar la vida desde una ventana, olvidado del contacto humano, pero lo necesitaba.

Parece que amaina el temporal, suena la radio aunque solo capto palabras entrecortadas: tiempo, navegación, enfermedad, aislamiento… Sí, estoy aislado, pero sano. Tal vez quieren decirme que podrán venir. No sé cómo me sentará estrechar la mano de alguien después de tanto tiempo. A ver que noticias me cuentan, casi me había olvidado que hay un mundo ahí fuera.

#relatosdecocina

#masrelatosdecocina