Memoria4.9 (8)

Memoria
4.9 (8)

7 de junio de 2022 0 Por Juan Aguilar
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Vivía sin recuerdos, sin memoria que arrastrar. Disfrutaba de cada chuchería que en ocasiones regala la vida como si fuera un premio de la lotería. Su memoria no alcanzaba lejos, no sabía de dónde venía, tampoco le importaba aunque en ocasiones pequeños destellos se asomaban sin dejarse ver, y por un breve tiempo le inquietaban. Le ocasionaba un dolor que permanecía más allá de la borrosa imagen que aparecía. Aparte de esos momentos consumía su vida encerrado entre otros con los que nunca pudo establecer una relación, no por ecpatía, sino porque estaban ausentes en sus mundos.

Un día alguien tan solo por divertirse le comentó que su problema se originó el día que su padre le abandonó siendo un bebé, después de mostrar con violencia su frustración, culpándole de la muerte de su madre. Al principio no entendió de qué problema le hablaba aquel hombre de blanco, ni siquiera qué era un padre o una madre. Sus recuerdos no alcanzaban más allá de unos días, con suerte de algún mes que otro.

Tal vez tras una historia sin pensamientos no tuvo opción de ver la luz, sin embargo tras esta revelación fueron apareciendo algunas manchas de claridad en su memoria.

Una necesidad de conocer se fue abriendo en su monótona vida, y acosó a preguntas a aquél confidente, que por diversión le fue descubriendo nuevos testimonios, que para su sorpresa retenía en su memoria, hasta que logró hacerse un mapa de lo sucedido y de sus actores. Identificó a esa persona que venía muy de vez en cuando y le observaba tras el cristal como su padre.

Un día, tras su visita, logró escaparse y le siguió hasta un parque. El hombre se sentó angustiado, como cada vez que iba a verle, en un banco frente a un pequeño lago.

Él, arrastrado por un repentino fuego interior se acercó corriendo y con una piedra asestó un golpe en la cabeza al hombre que dejó su existencia con una expresión de asombro en el estanque.

No tenía idea del alcance de sus actos, pero se sentía tranquilo y feliz. Y se sentó a observar, con las manos ensangrentadas, como la luz que sorteaba las ramas trazaba líneas sobre las ondas que un ligero viento empujaba contra aquel cuerpo inerte.

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