Lo mínimo

Lo mínimo

26 de enero de 2021 2 Por Juan Aguilar
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Estaba impresionado, había que reducir el impacto a lo mínimo. Salió de aquella conferencia sobre la huella del hombre en el planeta y el futuro que se esperaba en caso de seguir así. También se comentaron las acciones que se podían hacer a título personal para retrasar y, con mucha fe, incluso revertir el colapso. Esto último

En cuanto llegó a su casa se abalanzó sobre el ordenador para ampliar datos en los sitios que habían recomendado visitar. La última parte, aquellos pequeños gestos para aliviar la situación, es la que más le había marcado. Tomó la determinación de no contribuir a que avanzara más el cambio climático, de hecho iba a ser uno de los guerreros de la tierra, ¡un héroe!

Tras la saturación de información optó por hacer una lista de todo lo que podía reducir, y se comprometió a cumplir con lo detallado antes de que acabara el año que acababa de empezar.

Empezó por reducir al mínimo carnes y pescados en su dieta, por supuesto nada preelaborado ni que viniera de lejos. Reutilizar la ropa y extender su vida al máximo, ser muy cuidadoso con el agua y controlar el consumo de la electricidad. Vendió el coche después de consultar todos los trayectos y horarios de transporte público y se compró una bicicleta, de segunda mano, por supuesto.

Anatemizó el plástico, erradicándolo de su vida. Prácticamente no salía de casa, tan solo para lo mínimamente necesario, y para el único lujo que se había permitido, salir de paseo a la montaña, hasta que las botas sucumbieron.

No paraba de consultar consejos, sugerencias, ideas, trucos… hasta que un día se enteró de la descomunal energía necesaria para mantener Internet y se dio de baja. El resto del viaje a lo mínimo lo haría solo.

No quedaba mucho para que el año terminara y había completado los objetivos que se trazó al inicio, incluso algunos más. Era momento de reflexionar, por el camino había dejado familia, amigos, trabajo, unos cuantos kilos y esos superfluos momentos de ocio. Estaba orgulloso de haber cumplido su reto, estaba salvando la tierra.

Era el momento de marcarse unas nuevas metas, pero por mucho que le daba vueltas no se le ocurría nada importante, tan solo pequeños gestos, que no eran suficientes. Le molestaba, estaba ansioso por sentir esa comunión con el planeta. Se sentó, se fatigaba con facilidad, a pensar con la determinación de no levantarse hasta que alguna idea relevante le surgiera.

Continuó comiendo cada vez menos, a respirar más despacio, a intentar ocupar menos espacio. A dejar una huella invisible, sin trascendencia, como las últimas gotas rezagadas de una tormenta.

Unos meses después, tiraron la puerta con la connivencia de una orden de desahucio, encontraron un olor desagradable y los restos de un cuerpo sonriente, que se había quedado en lo mínimo.

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