Esperando

Esperando

17 de noviembre de 2020 0 Por Juan Aguilar
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Es la segunda vez que entra, mira entre las mesas y sale del bar. Lleva esperando un cuarto de hora, no es mucho, pero su manía de llegar antes amplia ese tiempo de inseguridad, cargado de dudas. ¿Hemos quedado aquí? ¿Me habré equivocado de hora? ¿Estará dentro y no he mirado bien? ¿Le habrá pasado algo con el coche?

Mira una vez más el teléfono, el mensaje está claro: nos vemos donde siempre a las 8. Pues ya pasan las veinte y nada. Aquí nos vimos la semana pasada, a esta hora, bueno a las 8, se dice, no hay duda.

Entra de nuevo y esta vez se queda. Una mesa sin ocupar, pequeña, al lado del baño. Antes había muchas libres, pero este informal se está retrasando y solo queda esta al lado del tigre, debí haberme quedado antes, sigue con su diálogo privado.

Que rollo no poder apoyarse en la barra, piensa mientras le trae el camarero la cerveza que ha pedido. De nuevo mira el teléfono, para ver la hora y de paso mirar, otra vez, el mensaje. Nada ha cambiado, tan solo la hora. Evita llamarle por si está conduciendo, pero la contrariedad por la demora se va tornando en inquietud, pasando por preocupación, para al final terminar en indignación.

Consume la bebida y pide otra. Esperando a la siguiente una serie de pensamientos, transformados en palabras nada favorecedoras, pasan por su mente. Bebe, pero no mitiga su enfado. Ni siquiera llama para excusarse el muy cabrón, dice casi perceptiblemente, ahora mismo le llamo.

¿Qué hay? —pregunta una voz despreocupada tras los tonos.

¿Cómo que que hay? —contesta alterado— llevo una hora esperándote y me sales con un ¿qué hay?

¿De qué me estás hablando? —responde el interpelado.

Ayer me mandaste un mensaje que decía: quedamos donde siempre a las 8 —comenta con rabia desde el bar.

¡Yo no te mandé ningún mensaje ayer! replica, aumentando el tono, el acusado.

Encima vas de listo, pues sabes qué, que te den —cuelga indignado haciendo un gesto para pedir una cerveza más donde ahogar su cólera, mientras otra secuencia de los anteriores pensamientos permean su interior.

Enciende por enésima vez el teléfono, la aplicación de mensajería, y ahí está, el mismo mensaje, nada ha variado. ¿Cómo se atreve a negarlo? Ofuscado mira un poco más arriba y ve una fecha, de la semana anterior, cuando se vieron. El vértigo, empujado por el alcohol, le remueve su argumento. Con las manos sujetando la enrojecida cara solo se le ocurre decir ¡Qué cagada!

Es curioso como uno se distancia cuando insulta a quien lleva una vida compartiendo. Una disculpa se vislumbra esperando la cuarta copa.

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