El palito

El palito

13 de abril de 2021 0 Por Juan Aguilar
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Una vez más toca el momento del palito. Una cola que se acercan a la provisional carpa arrastrando los pies hacia una experiencia que no por necesaria, es menos desagradable. La ansiedad va creciendo según se va acortando la cola.

Los que ya han sufrido el asalto de las narices salen confusos, lagrimeando, recogiendo velas aquellos que no han podido entender las últimas palabras, o sonándose con papel, los de mayor entereza.

Fuera les espera un grupo a la espera del resultado, que inmediatamente empatiza con cada nuevo miembro del club de los invadidos en la intimidad. Rápidamente una sola conversación se hace unánime, la comparación con otras ocasiones, a cual mejor o peor. Un consuelo poco efectivo, para el nuevo, que sigue moqueando y tratando de retener el líquido en los lagrimales, no sin mucho acierto.

El gesto de prevención de los que van entrando queda en parte disimulado por la mascarilla, pero los ojos lo dicen todo.

Entro en la tienda de campaña, o eso parece, con gente enfundada y un arsenal de palitos amontonados en una mesa. Me invitan a sentarme, me explican lo que ya sé, y lo que no, que es lo más importante, queda al albur de la suavidad o brusquedad de quien me habla.

Me bajo la mascarilla, desnudando la nariz, exponiéndola ante una mano desconocida, con prisa, envuelta en plástico, sin cariño. Y sin mediar más palabras, que siento más de despiste que de consuelo, me acerca el palito que se va introduciendo por mis fosas, dentro, más adentro, parece que quiera meterlo entero. Angustiado, mientras revuelve lo que ahora siento como una estaca, creo vislumbrar un brillo de satisfacción en sus ojos. El tiempo parece que no avanza, contengo la respiración, pero el hurgado no ayuda. Siento como se mueve con saña por dentro, como roza las paredes sin el mínimo respeto. Me está tocando el cerebro, creo que voy a echar en falta alguna neurona, pienso mientras mi aversión crece. Primero una, y luego otra, sufren la malintencionada acción.

Por fin me aparta el instrumento de tortura y, con una voz inocente, me dice que ya está, que coja un pañuelo y espere fuera al resultado.

Salgo derrotado, violentado, atropellado, perdiendo humores acuosos, y me encamino al grupo que aguarda el resultado. Al cabo de unos minutos, harto de escuchar la misma conversación, gritan mi nombre, y sin la menor reserva, el resultado: Negativo. Me alejo del grupo y me encamino hacia donde espera el resto.

Paso unas horas después y no queda nada de la carpa, tan solo algunos papeles presos del capricho del viento. Pero sé que estará ahí, o en otro lugar, el circo estará esperándome, con su maldito protagonista, el palito.

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