El día que llegó

El día que llegó

2 de febrero de 2021 4 Por Juan Aguilar
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Casi ni me acuerdo del día que llegó a casa, ni siquiera de la confusa excusa que me contó, una suerte de ruina y desamor. Era, y digo bien era, mi mejor amigo, no podía dejarle tirado, le ofrecí mi casa por el tiempo que quisiera y así lo hizo.

Éramos un grupo de adolescentes en un barrio con parque, siempre en la calle, enfadados con el mundo, todos a una. Con el tiempo unos se fueron, otros quedamos y nos ennoviamos, él con la chica de mis sueños y yo con quien quedaba. Los cuatro seguimos viéndonos con la inmadurez que permiten las relaciones de largo.

Mi experiencia hace tiempo que naufragó, sin demasiados restos, tan solo un día nos dimos cuenta que no nos disfrutábamos. Desde entonces tengo por costumbre buscar la soledad. También por mi trabajo donde me relaciono con mucha gente, y hasta el día que llegó lo conseguía en casa. Ahora todo es parloteo banal, música, televisión… y ese ruido gutural que de vez en cuando hace, no sé para indicar qué. Bajo cualquier excusa busco refugio en la cama, tratando de reconectar las neuronas. Siento haber perdido la propiedad de mi espacio.

No tiene pudor en utilizar algunos de mis útiles de aseo (¡espero que haya respetado el cepillo de dientes!), su concepto de limpieza es cuanto menos abstracto. Y además, ¡no tiene ni puta idea de cocinar!

Cada vez que vengo con alguien se presenta manteniendo una pequeña charla, con preguntas de apariencia inocente, cuando consigo apartar a mi visita de la innecesaria conversación, le veo por el rabillo del ojo dando o denegando la aprobación. Luego tengo que oír comentarios como: ¡qué majo tu amigo!, o peor, un cuestionamiento: ¿a qué vino eso? Y tengo que imaginarme respuestas para retomar la situación anterior.

El silencio logrado estos días ha vuelto a desaparecer. Aunque le insinúo, nada subliminalmente, que va siendo hora de buscar un lugar, no parece tener ninguna intención de irse.

Hace unas semanas contacté con su ex, para saber si había alguna posibilidad de retomar. Lo que me expuso dejaba claro que no, sin embargo pudimos ahondar en nuestras intimidades. Llegué a confesarle mi atracción y ella me sorprendió con el mismo sentimiento, pero que los prejuicios de entonces le impidieron intentarlo, y ahora estaba preparada. Por fin pudimos llegar más lejos. Desde entonces sobrellevo la presencia de él, y esa tranquilidad quebrada, en la cama de ella.

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