Chiringuito

Chiringuito

7 de septiembre de 2021 0 Por Juan Aguilar
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Calor, gentío, ruido que pretende ser música, personal sudoroso… sí, esto es el chiringuito. Lugar de peregrinaje corto, tras una mañana de achicharrarse bajo el sol, en busca de poder saciar la sed y, con cierto riesgo, el hambre.

Tras una espera sin sombra, por fin consigo mesa. Nada más sentarme una sensación de victoria me invade mientras miro hacia fuera, y veo a los desdichados que permanecen en la tierra baldía. Una vez logrado el primer objetivo, paso al siguiente, lograr ser atendido. Ni que decir tiene que no voy solo, tanto esfuerzo para un solo individuo puede ser mortal, por lo que, en un acto sincronizado, buscamos ansiosamente la mirada del camarero, que acostumbra a buscar algo por encima de las cabezas de los comensales, nunca he podido saber qué es eso tan importante que les tiene abducidos.

Sin saber por qué arte aparece una carta en la mesa, nos lanzamos ávidamente a la elección de los platos con la intención de evitar dudar ante el mesero y que este pronuncie la fatídica frase de: se lo piensan y vuelvo más tarde. La estrategia funciona y, tras romper cualquier protocolo de confidencialidad, hace partícipes a todos los del chiringuito de nuestro pedido.

Las bebidas vienen pronto, está claro que aun pediremos otras antes de que llegue la comida, impass que aprovecho para observar al resto de comensales. Enfrente una familia de las completas, señor con sombrero ridículo y cara dejada, señora con bata atemporal por la que asoman dos brazos colgantes, niño y niña, entretenidos en molestarse mutuamente. En un lateral un grupo de amigos en edad de demostrar. En el otro unas dobles parejas, enrojecidas hasta el dolor, deben ser extranjeros. A mi espalda, sin girarme, percibo como alguien se debate con lo que imagino un trozo de pollo pinchado por encima de su boca y chorreándole la mandíbula. No sigo con la fantasía por miedo a que me siente mal la comida. Más allá tan solo cabezas en oración sobre los platos.

Entre el olor a piel quemada percibo como se acerca hacia nuestra mesa una ración de “pescaito” frito en aceite apunto de agotar su séptima vida, acompañados de unos grasientos calamares, otros pescados, que para eso estamos cerca del mar, y una ensalada para “desengrasar”… Me temo que la digestión será pesada.

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