Chatarrero

Chatarrero

8 de diciembre de 2020 2 Por Juan Aguilar
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¡Chatarrero! El desagradable chirrido de un megáfono quiebra la perezosa tranquilidad del domingo. ¡Chatarrero! De nuevo la estridencia que enturbia la nostalgia del desayuno y el anhelo del aperitivo, con alguna actividad entremedias, misa, jardín alguna reparación menor…, para tener la sensación de merecerlo.

Hay quien aprovecha la oportunidad para deshacerse de lo que ya no se quiere, mientras los más tan solo piensan en la molesta interrupción de sus intimidades. Sobre todo aquellos que se liberaron de lo ya inservible en visitas anteriores. No pueden evitar juzgar la avidez del personaje, que no tiene suficiente con lo que ya se le regaló, gratuitamente, sin contraprestación.

Flota entre los honrados vecinos la imagen de alguien poco fiable, suspicaz, de vida ambulante, asocial, irreverente, cargado de hijos, de piel cetrina y manos sucias. Que chamarilea en oscuros lugares con el fruto de sus razias en las urbanizaciones llenas de segundas residencias, donde descansan los ciudadanos decentes de su esfuerzo semanal.

Saben que es necesario, como la rémora que asea de despojos acumulados a peces mayores, pero no por ello es menos molesto e inoportuno. Alguien tiene que retirar de la vista aquello que incordia, que ya no tiene función, se ha roto, ha sido relevado por otro objeto con más cualidades o simplemente ha caído en la desgracia de la indiferencia.

Nadie repara en que el chatarrero pudo haber tenido una vida anterior, que pudo haber sido uno de ellos tropezado en un obstáculo insalvable, alguien que no ha tenido otras opciones. No, lo hace porque es así, le gusta esa vida, rodear la sociedad, no adaptarse.

Hace un rato que ya no se oyen los graznidos del altavoz proclamando su antisistemática existencia, probablemente alguien le ha parado, a ver si se va pronto a otra urbanización, piensan los honrados residentes dentro de sus muros de piedra coronados por verjas de hierro cubiertas por arizónicas, jazmines o enredaderas.

¡Chatarrero! Se oye el grito blasfemo (o descarado) cada vez más lejos, entre suspiros de alivio.

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