Buscando exotismo (y II)

Buscando exotismo (y II)

10 marzo, 2020 0 Por Juan Aguilar
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Había venido buscando exotismo y me encontraba en la habitación de una inglesa bebiendo whisky, muy poco exótico, aunque divertido. Desde hacía algún tiempo no me creaba expectativas de nada, tan solo me dejaba llevar sin anticiparme, pero en esta ocasión el final se veía venir fluyendo en el líquido ambarino.

Tras momentos de risas y copas acabamos enredados en las sábanas, pasando la noche en vela entre largos esfuerzos, cortos descansos y algún que otro trago más. Agotados y aturdidos bajamos a la playa para ver amanecer.

Tumbados en la oscuridad mirando a un horizonte sin línea, donde se intuía un sol todavía sin color. Mecido por la marea, protegido del oportuno frío de la madrugada, trataba de pensar en lo sucedido, cómo había terminado allí, una cosa había llevado a otra, eso debía ser el fluir, una cadena de instantes que se convierten en un siempre. Ella dormía, su respiración la delataba.

Poco a poco se fue iluminando la escena, el rabioso naranja se perdía en un luminoso amarillo, una amanecer precioso y compartido, no eramos los únicos en la arena. Algunos no habían podido aguantar para contemplar el espectáculo y su sonido era bastante molesto.

Arropé a mi compañera ocasional con mi toalla y me fui a por algo para el olvidado estómago, que se quejaba, y de paso aliviar al otro depósito. Regresé al rato, después de comer algún bollo, con un par de cafés calientes. Ella despertó agradecida.

Bajaban los primeros desayunados a disfrutar de otro día en el limitado paraíso, mientras abrían el chiringuito. Dejamos las toallas en unas hamacas y nos acercamos a por algo más que café acompañado de otro algo que comer. Aprovechamos el momento de la recuperación para enteramos de nuestros nombres. Ella era Lucy, no pude evitar pensar en una canción.

Con las manos ocupadas por vasos llenos de líquido revitalizante, bloody Mary por supuesto, nos acercamos a las tumbonas, esta vez los dos dormimos. Ya se acercaba el mediodía cuando volvimos al mundo, casi a la par. El sol estaba en la vertical, proyectando reflejos en todos los sentidos.

Una barca se había acercado a la orilla, la pilotaba un greñudo, flaco, consumido, con la piel casi agujereada por los huesos y un gran canuto en la boca. Nos invitaba a acercarnos, para vendernos algo supuse, no me apetecía nada el tópico. Pero ella estaba más por la labor y la acompañé. Nos propuso ir a una isla y luego a la ciudad. Negociamos el precio y fuimos a por la ropa y dinero.

Sorprendentemente cuando volvimos el tipo seguía ahí, subimos y emprendimos el tipo de excursión que me había imaginado. Al cabo de un rato surcando unas aguas transparentes, con fondos inimaginables, llegamos a la citada isla. Nos lanzamos al agua para nadar hasta la arena. El barquero no parecía tener prisa y decidimos desprendernos de la ropa y disfrutar de la calidez del agua rozando nuestros cuerpos. Y, como lo sucedido vaso tras vaso, el roce tras roce nos llevó a lo previsible.

Ya en el mercadillo de la ciudad, y con la piel encostrada en sal, pudimos hacernos una idea de la cultura que querían vender al turista, todo muy colorido y naíf, pero estábamos hambrientos y no pudimos quedarnos más que con algunas chucherías de recuerdo. La ciudad, por llamarla así, no daba para mucho, y ya saciados volvimos al hotel ambientados por el humo del incombustible canuto del patrón.

La invité a mi habitación, donde una cama y una botella de ron nos esperaba, compartimos un largo rato con sabor a sal. Se despidió comentando lo cansada que estaba y la enorme necesidad de dormir que le impedía seguir lúcida. También yo notaba la pesadez de la fatiga, hacía tiempo que no tenía tanta actividad y estaba próximo a sucumbir. Nos despedimos con un: “nos vemos por el hotel”. Dormí hasta la noche. Me desperté con la ilusión de volver con ella, habían sido unas horas, un día completo, muy placentero.

Una emoción adolescente me envolvía según me acercaba a la discoteca, donde seguro que la encontraría, y efectivamente allí estaba, acompañada. Tan solo me saludó con un guiño y un leve movimiento de mano que no invitaba a que me acercara. Frustradas mis ilusiones tan solo acerté a corresponder con el mismo saludo desvaído, y ahogar mi desengaño en una insípida cerveza. Ni siquiera quise cruzar miradas, tan solo me fui sin volver la vista, aunque con la estúpida esperanza de una mano que parase mi movimiento. No sucedió y acabé en mi habitación, solo con mis reproches.

Al día siguiente me levanté muy temprano y me encontré desayunando a la chica de las excursiones, ella se percató y me invitó con gestos exagerados a que la acompañara. Buscando un refugio a mi desengaño recalé en su mesa. Me preguntó por el día anterior y le comenté lo sucedido, sin las escenas de sexo, por supuesto, y de forma bastante edulcorada, tan solo faltaban unicornios alados. Seguimos hablando y me encontré de nuevo con otra excursión para una hora después. Vaya habilidad tenía, o yo debía estar más aturdido de lo que creía.

Apresurado por el tiempo y las ganas de olvidar el rechazo del día anterior, me subí a un autobús, que nos llevó a un pequeño río, más bien un arroyo, con algunos saltos y una historia incomprensible contada por un autóctono. Otra vez comimos poco y mal, y después de unas visitas a tiendas para llevarse las comisiones pertinentes y a un pub chill out, como muchos otros, el guía nos llevó de nuevo al hotel, justo para poder cenar, beber y dormir.

Una vez más volvía a ver a la vendedora por la mañana, engañando a otros mientras me saludaba utilizándome de cebo, le devolví el saludo sin ganas y me fui a desayunar al chiringuito. Entablé conversación con el barman, me acercó a la realidad local, nada que ver con lo vivido hasta ese momento. Harto de la farisaica situación, le convencí para que me llenara una botella con cerveza y me fui a la “otra” playa.

Tras pasar el trámite del securata, me introduje en el enmarañado de plantas y árboles. Allí estaban los mismos colgados del primer día. Les enseñé la botella, a los que estaban capacitados, y la compartí junto a sus canutos. Reímos, bebimos, cantamos, pescamos y comimos rodeados de mugre y tranquilidad. Por la noche volvía al hotel.

Al día siguiente y en los sucesivos días, hasta irme, volví con más bebida y comida. Fueron los días más despreocupados que disfruté en tiempo. A dormir siempre regresé a mi cama, una cosa es vivir colgado y otra sufrir de espalda.

¡Ya man!

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