Buscando exotismo (I)

Buscando exotismo (I)

3 marzo, 2020 0 Por Juan Aguilar
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Acababa de llegar a un país buscando exotismo, donde tan solo me conocían un policía de aduanas que me miró desconfiado y un taxista, que me llevó desenfrenado al hotel por un largo camino lleno de obstáculos, en el que disfruté del aroma húmedo del trópico, mezclado con otro que enseguida identifiqué entre el humo que ocultaba al conductor, no tardó mucho en ofrecerme una calada y una visita a su plantación, bueno estaba en Jamaica, era lo esperado.

Junto con el recepcionista, camuflado tras una deslumbrante sonrisa, eran los únicos con los que había cruzado alguna palabra desde que bajé del avión y probablemente ninguno de ello se acordaba de mi. De los compañeros de viaja procuré desaparecer dormido en las profundidades del asiento y mis pensamientos. De los de aquí, nadie me esperaba.

Esa era la idea, quería conocer el país sin intromisiones, ver a los nativos en su ambiente, empaparme de su cultura, pero sin interferir mucho. El primer impacto, aparte de la mirada torva del policía, el humo del taxi y los dientes del recepcionista, fue el hotel, no sé cómo me dejé engatusar por la agente de viajes, esto era un resort, de los del “todo incluido”. No era precisamente el exotismo que estaba buscando, pero ya estaba aquí.

Me refresqué un poco y ataviado de turista bajé a la playa, idílica, caribeña, directo a uno de los chiringuitos, el más próximo. Pedí un bloody Mary y me dispuse a pasear por la arena.

Cuerpos de varias edades y tonalidades, que iban del blanco transparente al tostado cancerígeno, pasando par un degradado de rosas y rojos, vagueando en hamacas. Solo mirando el color de la piel se podía saber cuanto tiempo hacía que llegaron. En otro viaje me acordaría de esta imagen, no por lo colores si no por algunos tamaños, en la Península Valdés, viendo leones marinos.

Llegué al final de la cala y un negro, como todos los de allí. Grande vestido de uniforme, me aconsejó que no siguiera, que hasta ahí podía asegurarme la seguridad, o eso le entendí. Me quedé perplejo, aun así me aventuré desoyendo las recomendaciones y dejándole en prenda el resto de la bebida.

La arena acababa en una maraña de palmeras, enredaderas y objetos de colores, que, como no llevaba las gafas, identifique al rato como plásticos. Aquello era exuberante, pera nada idílico. Unos metros más adelante se abría otra pequeña cala, donde había una especie de refugio habitado por el que parecía un auténtico rastafari. Ilusionado me acerqué, no mucho, el tipo apestaba y no precisamente a hierba, que también. Ni se enteró que me aproximaba, llevaba un ciego encima de los de ausencia espiritual. Más allá otros individuos parecían vegetar, hasta que uno de ellos, vestido, es un decir, con harapos se me acercó con intención de venderme algo de hierba. No tenía intención, eso quedó atrás. Preferí volver al remanso falsificado y pedirme otro trago.

Me sentía atrapado en aquella isla de civilización y deseaba conocer algo más autóctono, que no fueran aquellos colgados de la otra playa. Deambulando por las instalaciones del hotel una chica joven, no del lugar, me empezó a hablar, en un inglés que sí entendía, sobre Jamaica, de lo peligroso que era ir solo por ahí, lo inseguro que eran los taxis piratas, hasta ese momento no me percaté que habían de otro tipo. La verdad es que la chica era mona y era agradable.

Al cabo de un rato me dejó con un par de besos y el ticket de una excursión. Que, por cierto, fue una mierda. Un poblado de melenudos trenzados y ociosos que solo te acompañaban, juntando constantemente los puños al grito de “yaman”, con la esperanza que les dieras una propina para gastársela en cerveza.

Tras esta imagen nos esperaba una ruta en barco por un río plagado de caimanes, que los alimentaban desde la proa para que se acercaran, y hasta me dio la impresión que alguno lo tenían atado, para acabar con una escasa comida nada local.

A la vuelta me encontré con la misma chica y le expresé mi decepción. Sentida me recomendó visitar el mercado al día siguiente, donde podría encontrar artesanía y lugares donde poder tratar con la población y hasta comer lo del lugar. Algo más sosegado me dirigí a calmar el estómago, que no era tan fácil de convencer.

Terminé en la discoteca del hotel, más por no tener otra cosa que hacer, que por pasión por ese tipo de locales. Llevaba un buen rato y se me acercó una mujer ligeramente tambaleante. No me hacía ninguna gracia tener que aguantar a una borracha. Pero según llegó a mi lado me comentó, en una perfecta dicción, que estaba bien, tan solo quería quitarse unos plastas que le estaban dando la noche, mientras seguía con los gestos la charada alcohólica.

Seguí la corriente e hice la pantomima de sacarla de allí con destino a dormir. Hicimos el camino hacia las habitaciones riendo la carnavalada. Hablamos de lo que haríamos al día siguiente y le pareció un buen plan lo del mercado, también estaba harta de tanta artificialidad. Me preguntó si no me importaba ir acompañado, evidentemente acepté encantado, también me comentó que tenía una botella de whisky en la habitación, también acepté, mucho más encantado.

Continúa…

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