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¡A primera!
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22 de enero de 2019 0 Por Juan Aguilar
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Historia de una frustración

Acabo de llegar al punto de encuentro. Miro a mis compañeros y me da vértigo el abismo generacional. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Es una pregunta retórica, porque lo sé muy bien. Hay veces en que mejor no aceptar retos, y ésta era una de ellas. Por un casual llegó a un grupo de amigos, con los que me veo con frecuencia, la búsqueda de personas para un casting, en busca de figurantes.

Entre bromas surgió el apuntarse, a ver a quién elegían. Se entenderán la guasa acerca del proceso de selección, “a ti quién te va a escoger” “a mi fijo”… Con las chanzas, nos íbamos a registrar todos. Pero algunos se “olvidaron” del trámite, algún que otro se “equivocó” en la inscripción, y yo, el pardillo, lo cumplimenté en forma. Al final me seleccionaron, y fui, no iba a recular. Y aquí estoy, contestándome la pregunta.

Nos habían pedido varios cambios de ropa, de primavera/otoño (que cursi suena), tema mosqueante, estamos en invierno. Un grupo de mujeres, se acercaron para ver la ropa que habíamos traído, sorpresivamente, seleccionando tres cambios para diferentes escenas. Intuí que eran las del equipo de vestuario, pero podrían haber avisado. No me hace mucha gracia abrir mi bolsa para que me revisen lo que llevo. Es como en el aeropuerto, cuando te piden abrir la bolsa, aunque estés limpio, un atisbo de culpabilidad aparece.

Y así, de primavera/otoño, nos dirigimos a la zona de rodaje, que ya ni me acuerdo cómo lo llaman, con la confianza que sea en interiores. Pero, obviamente, no es así. Es en la puta calle.

De momento hay sol y calienta donde se deja ver. Rápidamente se presenta una mujer que parece que manda, y nos mira detenidamente, mientras piensa. La sensación es estar en una rueda de reconocimiento. Me entero que es la tercera asistente de dirección, encargada de entre otras muchas cosas, de los figurantes, que en el argot del medio es “la figu”, que algo despectivo suena.

Nuestra función es la de pasear por la calle que se ve a través del escaparate de la tienda donde se filma, vamos, los tipos que pasean en las películas, que se repiten como el ajo, pero como nadie les presta atención, ni se nota. Nos marca, la “tercera”, el lugar de inicio, llamado “primera”, y el recorrido, que ensayamos con los abrigos. Ya hay tramos en sombra, y se nota el “frescor”.

Tras un largo rato de espera, parece que por fin nos toca. Al grito de “a primera”, y digo grito, porque la “tercera” pega unos bocinazos de cuidado (megáfono que se ahorran), nos posicionamos, preparados para hacer el papel de nuestras vidas. Bueno, todos no, siempre hay alguno que ya ha hecho figuraciones… Mejor lo dejamos pasar.

Hacemos un ensayo, todavía con abrigos.

A otro grito para “parar tráfico” y “parar peatones”, con sus consiguientes rugidos, le sigue el de “motor”. Me preparo, estoy tranquilo, pero algo se mueve dentro, no vaya a ser que por mi culpa haya que rodar otra vez. “Acción” es la señal de salida para los diferentes recorridos ya ensayados. Me “lanza”, que así llama la “tercera” al hecho de indicar mi comienzo, y afronto el recorrido. Al poco de empezar oigo “hemos cortado” y el grito de “a primera” que vocea la “tercera”. Me me dirijo, raudo, al punto de salida, con el deseo de no haber sido el culpable de la toma frustrada. Nadie me dice nada, por lo que no he sido yo.

Vuelve el tráfico y los peatones. Se concentran escolares, para ver el rodaje. Entre esta observación, y los actores que he visto, entiendo que es una serie de adolescentes. En esta situación, me acuerdo del maldito momento en que nos pusimos a jugar con lo del “casting”. ¡Qué coño hago aquí! ¡Un tío de cincuenta y … muchos! Pero bueno, que le voy a hacer, si ya estoy en la salsa, solo me queda mojar.

La escena anterior se repite varias veces, al igual que los alaridos de la hiperactiva coordinadora. Después de los sucesivos intentos, parece que ya hemos terminado la escena, de la que solo me he percatado de nuestro transito.

Nos toca descansar, no sé de qué, hasta que cambian de enfoque, esto lo veo porque manejan unas pantallas enormes de un lado a otro. En nosotros solo se fija la “tercera”, que nos mira, sin traslucir sus pensamientos. Yo no le aparto la mirada, no es desafío, es simplemente expectación.

Nos comunican que no hace falta que nos cambiemos, prácticamente ni hemos salido en el plano. Esto duele. Constato que somos los últimos monos del rodaje.

Al cabo de un buen rato, con el mediodía ya olvidado, y el frío en los pies, nos organizan otras trayectorias, con sus respectivos comienzos. Y empieza el baile, “cortar tráfico”, “motor”, “acción”, y otra vez “a primera” gritado todo por la “tercera”. He llegado a pensar que o el director es muy exquisito o los actores bastante malos. Pero debe ser así. El frío, que da mal que pensar.

Entre estos entretenimientos, va siendo la hora de la comida. El lugar, un aparcamiento, con una brisa nada agradable, y el sol casi un recuerdo. Es en ese momento en el que no solo es constatación, es seguridad de nuestra posición en la escala. Según nos ponemos en la cola, vamos siendo adelantados por los demás, nos toca ser los últimos.

Cojo una botella de plástico con agua, como las odio, y elijo un filete de carne, preparado en el momento, y bastante verdura de guarnición, tiene buena pinta. Las mesas están bajo un toldo, que paradoja, buscando el sol y lo poco que queda… Cuando me pongo a comer está todo helado. Los que han escogido sopa con la esperanza de calentarse, no pueden disimular su cara de desilusión. En fin, nos tomamos nuestro tiempo, el frío ya ha calado y no hay prisa.

Terminamos y volvemos al escenario, pero en un tramo distinto de la calle. Calle, que por cierto, es de mi pueblo, y que la recorro con cierta frecuencia por sus comercios o cafeterías, pero hoy, creo que me he quedado saturado por un tiempo. Volvemos con las voces de la “tercera”, mandándonos, una y otra vez, “a primera”.

A parte del frío, lo que siento son ganas de terminar de una puta vez. El público se ha incrementado, la salida del cole, claro. Cada vez que paramos, nos refugiamos en los abrigos. Las narices marcan la temperatura, ¡estamos en rojo!

Por fin nos dicen que nos vayamos al lugar donde está todo centralizado, que sigo sin acordarme cómo lo llaman. Todos nos abalanzamos sobre los radiadores. Tras un buen rato entrando en reacción, surgen los primeros comentarios jocosos de anécdotas durante el día. Yo me reservo la mía, es indicativa de mi sentimiento, y no quiero amargar más a mis jóvenes compañeros. Durante una de las paradas se acercó una adolescente y me comentó si era parte de la serie, y solo se me ocurrió comentarle que era parte de la decoración, eso sí, de la móvil. Siento el desengaño, pero hacía mucho frío.

Poco después, a dos horas de terminar la jornada, nos avisaron para que nos vistiéramos con la tercera muda. Remoloneando nos cambiamos, con muy pocos deseos de salir al congelador. Nos indicaron un lugar donde esperar, que nos fueron cambiando, para terminar refugiados debajo de una balconada. Allí estuvimos, hasta 5 minutos antes de terminar la jornada, cuando nos despidieron, estaba claro que no tenían intención de pagar horas extras.

No creo que repita, a no ser que sea en una playa y en verano. Tengo buen tipo, me cuido, y, no es que me guste más el calor, pero si sentarme en la arena y ver azul.