La cuerda5 (2)
No dejaba de observar aquella cuerda atada a un árbol. Cansado de un paseo demasiado largo, se sentó en un banco del parque. Al principio tan solo se recostó tratando de serenar el cuerpo, luego se adelantó para frotarse las piernas, para volver a apoyarse sobre el respaldo.
–No debes pasarte, ya no tienes edad para estos esfuerzos, ¡86! no te olvides. –Se decía.
Por fin, ya casi recuperado, miró alrededor para situarse. Estaba casi convencido de saber dónde se encontraba, aunque bastante apartado de su recorrido habitual. Alrededor tenía matorrales, que algunos distinguía, árboles y una pequeña charca.
Mientras recorría en el entorno con la mirada algo le llamó la atención. Había una cuerda rota que colgaba de la rama de un árbol, como a un metro y poco de altura, y atada al tronco. No era muy larga, tal vez un par de metros, y el otro extremo estaba deshilachado, como si hubiera sido cortada a mordiscos, o con algún artefacto romo.
No pudo dejar de preguntarse qué habría estado atado a esa cuerda. No era de esas que llevan perros distanciados de sus dueños, y era absurdo pensar que alguien hubiera atado una bicicleta u otro objeto, para evitar que se lo llevasen. ¿Con una cuerda?
Notó que se estaba oscureciendo, pero no le esperaba nadie, y la curiosidad podía más que el deseo de volver a casa, a ver la tele, a comer preparados, a tumbarse en la cama y mirar como pasan las horas en el despertador, como siempre. Esto era más interesante.
Tal vez habían sujetado una carpa y se les olvidó, o simplemente no pudieron desatar el nudo y la cortaron como pudieron. ¿No habrían atado a alguien? ¿Y arrancar el árbol? No, eso era absurdo.
En todo ese tiempo no se levantó para tocar la cuerda, tan solo imaginaba situaciones, y trataba de hallar una respuesta razonable a la pregunta que seguía ocupando todo su interés. Mientras la noche se echaba encima.
Un par de hombres del equipo de limpieza iban por el sendero del parque, mientras el parque continuaba cerrado. Uno empujaba las hojas con un soplador y las amontonaba, mientras el otro las iba metiendo en algo parecido a un saco. A lo lejos uno de ellos, que era nuevo, señalando hacia el árbol se dirigió a su compañero:
–¿Y esa cuerda?
–No sé, lleva días ahí, eso es asunto de los de mantenimiento –le respondió mientras miró hacia el banco– Ahí hay un tipo, a ver por dónde se ha colado.
Se acercó hasta donde estaba el anciano.
–¡Llama al 112, este tipo está muerto! –Le gritó alterado al otro que estaba con el montón.